miércoles, 26 de septiembre de 2007

dos amigos:
El Papa comienza uniendo el bautismo con las tentaciones. Así se detiene en el primero, donde Jesús recibe el Espíritu Santo, enviándolo al desierto. El desierto y el bautismo van precedidos por un momento de recogimiento, es decir, de lucha. Esta lucha que aparece antes del bautismo aparecerá también en las tentaciones. Es la lucha de quien entra en el drama de la existencia humana, del que ha hecho de su vida un “descenso a los infiernos”, es decir, un sufrir la existencia del ser humano hasta el fondo para así transformarla, sumergiéndose en la profundidad de la vida para así recoger a la oveja perdida. De esta forma la vida de Jesús está marcada por tres momentos donde la lucha interior se hace más intensa: el bautismo, las tentaciones y Getsemaní.
Marcos presenta en el desierto a las fieras y los ángeles, sirviéndoles. Es decir, Jesús es el nuevo Adán que a diferencia de éste, enfrentado con ambos después de la caída le sirven. En el hombre Jesús el ser humano ha regresado al paraíso, reconciliado con Dios, se instaura la paz profetizada por Isaías 11, 6, donde el lobo y el cordero convivirán pacíficamente. Es esta una idea importante, pues en la medida el ser humano se reconcilia con Dios se reconcilia con la creación. Joseph Ratzinger nos ofrece como contraste los monasterios benedictinos y Chernobil, ilustrando de esta forma el texto bíblico. En los monasterios hay paz y armonía, mientras la central nuclear construida por una sociedad sin Dios acaba convirtiéndose en contra del ser humano con el desastre de todos conocidos.
También Mateo y Lucas nos ofrecen esta lucha interior, lucha que se encuentra en todo ser humano y consiste en la tentación de considerar verdadero lo material y experimentable e ilusorio Dios, abandonándolo. Es el buscar construir la propia vida en lo que vemos, tratar de mejorar en mundo sin Dios, pues este nunca es una evidencia, queremos hechos y Dios supera los hechos.
Los evangelistas afirman que el periodo de Jesús en el desierto fueron cuarenta días. Éste es un número cargado de simbolismo, pues 40 fueron los años del pueblo de Israel en el desierto, 40 los días que permaneció Moisés en el Sinaí antes de recibir las Tablas de la Ley, según la literatura rabínica, es decir, judía, 40 fueron los días que pasó Abraham caminando con su hijo hacia el monte Horeb, ayunando y alimentándose con tan solo la mirada y la palabra del Ángel que les acompañaba y según los Santos Padres, es decir, los escritores cristianos de los primeros siglos, teólogos y sabios que buscaron traducir la fe cristiana de mentalidad judía al pensamiento griego y romano, 4 representa al mundo, pensemos en los 4 puntos cardinales o las 4 dimensiones, y 10 son los mandamientos, por tanto estos 40 días representa la historia del mundo, con sus fidelidades e infidelidades.
Pero pasemos a las tentaciones propiamente. En la primera el diablo pide a Jesús que transforme las piedras en panes. Es decir, exige una prueba de que es el Hijo de Dios y para ello recurre al hambre de la humanidad. Es éste el drama más trágico, pues se opone a la fe en el Dios bueno. “El grito de los hambrientos nos interpela y debe calar muy hondo en los oídos y en el alma”, es el grito que clama, el dolor de tantos hombres y mujeres que en nuestro siglo y siempre han sufrido el hambre. Jesús responde al diablo, pero su respuesta aparecerá también más tarde, en la multiplicación de los panes. Allí si alimenta al pueblo. ¿Por qué? Porque allí se encuentra, a diferencia del desierto, en un grupo de personas que buscan a Dios, abren su corazón a Dios y a los demás, desean cambiar de vida y están dispuestos a compartir. Ante ellos multiplica los panes. Así en la multiplicación encontramos como el deseo de escuchar a Dios y vivir con Dios lleva al amor y descubrimiento del otro. En la última cena Jesús también nos ofrecerá el pan, si nos fijamos transformará el pan en pan de vida que sacia el hambre del ser humano. Jesús no se niega a transformar las piedras en pan, a alimentar a las personas siempre que sean capaces de aceptar la jerarquía de valores, en la cual Dios está en el vértice, es el primero.
Ante la pregunta que todos nos hacemos, ¿por qué Dios no es evidente? Benedicto XVI nos ofrece la respuesta: “Éste es el misterio de Dios y del hombre que no podemos penetrar. Vivimos en este mundo, en el que Dios no tiene la evidencia de lo palpable, y sólo se le puede buscar y encontrar con el impulso del corazón, a través del éxodo de Egipto. En este mundo hemos de oponernos a las ilusiones de las falsas filosofías y reconocer que no sólo vivimosde pan, sino ante todo de la obediencia a la palabra de Dios. Y sólo donde se vive esta obediencia nacen y crecen esos sentimientos que permiten proporcionar también pan para todos”.
Queridos amigos creo que deja bien claro que ante la pregunta sobre el porqué Dios permite el mal en el mundo o el hambre, sólo hay una respuesta, la del hombre creyente que descubre en él el verdadero alimento y desde la experiencia de fe se entrega a llenar las cestas vacías de pan y a compartirlo con los demás. Aquellos que hacen esa pregunta desde la lucha contra Dios, como el diablo, nunca tendrán la respuesta por parte del Creador.
Pero sigamos. En la segunda tentación el diablo se nos presenta como un experto en la Biblia. Y es que para conocer la Biblia o la teología no es necesario tener fe, bueno, quiero decir, para conocer científicamente. Porque para conocer en el sentido bíblico de la palabra, es decir, el conocer cuya comparación más aproximada es el conocerse entre el hombre y la mujer en la relación de intimidad, es necesaria la fe. Como en la propia vida. El hombre nunca conocerá a la mujer sino la ama, podrá leer libros y ser un especialista en el conocimiento del cuerpo de la mujer, a nivel médico o científico, en la psicología femenina. Pero está claro que sólo quien tiene experiencia de amor con una mujer conoce realmente a la mujer, aunque evidentemente no tenga nociones de ginecología o de psicología. Y esto es cosecha propia, no de Benedicto XVI. Lo mismo ocurre con la Biblia. Uno puede ser un gran experto en la exégesis o ciencia que estudia la Biblia, pero nunca, sino tiene fe y la lee desde la fe de la Iglesia, llegará a conocer la ciencia que de ella emana. En cierta forma la Biblia es una mujer que seduce y apasiona, con sus grandezas y miserias, como los hombres, claro. Y bien, Ratzinger se opone a la interpretación científica de la Biblia, la que niega el actuar de Dios en la historia y reduce la Biblia a una historia subjetiva de los hombres, considerándola como un libro que habla de nosotros, pero no de Dios. Ante la arrogancia de quienes pretenden convertir a Dios en un objeto, colocándose por encima de Dios y no a su servicio, Jesús responde con la cita del libro del Deuteronomio, Dt 6,16. Es en el desierto donde Israel, sometido a la sed, tienta a Moisés (Ex 17, 7), de ahí la respuesta de Dios, “no tentarás al Señor tu Dios”. Sin embargo también Jesús se lanzará al abismo. El pináculo del templo evoca otro monte, el Monte Gólgota, a pocos metros. Allí, en la cruz, recuerda el Papa, Cristo da ese “salto de amor de Dios por los hombres”. Si te fijas, es interesante la comparación y la ilumina muchísimo. El diablo quiere una exhibición. Cristo se niega, no quiere hacer un espectáculo para este espectador. No es a eso a lo que ha venido. Pero si lo realiza ante el Padre. El Padre le pide en la cruz que de el salto hacia el abismo de la muerte y Él acepta, confiando totalmente en la promesa de Dios. Se lanza al abismo, como si del pináculo fuese, desciende hasta el infierno. En la cruz muere, es decir, cae en ese abismo que representa la muerte, el desvanecerse en el no ser, en las sombras, en la profundidad más profunda de las profundidades. Y Dios, el Domingo de Pascua envía a sus ángeles para su pie no tropiece y lo levanta. El salmo 91 que cita el diablo se hace realidad en la muerte y resurrección de Jesús, lo que los cristianos llamamos Misterio Pascual y que abarca el Triduo Pascual del Viernes-Sábado Santo y Domingo de Pascua. Y he aquí una enseñanza para nosotros. Quizás nunca nos hayamos percatado, pero en esta tentación, a la luz del Misterio Pascual, está nuestro camino de fe. En palabras de Joseph Ratzinger: “quien sigue la voluntad de Dios sabe que en todos los horrores que le ocurran nunca perderá una última protección. Sabe que el fundamento del mundo es el amor y que, por ello, incluso cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquel que le ama. Pero esta confianza a la que la Escritura nos autoriza y a la que nos invita el Señor, el Resucitado, es algo completamente diverso del desafío aventurero de quien quiere convertir a Dios en nuestro siervo”.
Y finalmente la última tentación, la más peligrosa, la tentación del poder. El Papa afirma haberse cumplido al final, en Mt 28,16 cuando Cristo afirma haber recibido pleno poder del cielo y de la tierra. Es decir, su poder viene de Dios y está sometido a la ley de Dios y previamente ha recibirlo ha tenido que pasar por la cruz, someterse totalmente a Dios, fiarse totalmente de Él. Aquí en el desierto nos encontramos con la tentación de asegurar la fe a través del poder. Y si te fijas aquí se resume la historia de la Iglesia y el gran problema que ha tenido la Iglesia cuando ha querido aliarse con el poder. En toda época histórica la Iglesia tiene que luchar por su libertad, esto significa no estar sometida al poder que le ofrece seguridad y tierras. Realmente si se sacan las consecuencias de estas líneas llegamos a afirmaciones muy fuertes y a una advertencia bien clara en estos tiempos. Nos quejamos que somos perseguidos, pero la alternativa ¿es mejor? El Papa y perdóname si a lo mejor llego a unas conclusiones que el Papa no llega, nos advierte de que la solución no está en aliarse o apoyar a determinado partido político, ofreciéndole determinada emisora católica, que nos ofrece seguridad, tierra, a cambio de que nos postremos ante él. ¿No nos suena a algo pasado? ¿No es éste el peligro? Por evitar interpretaciones personales, cito literalmente al Papa: “En el curso de los siglos, bajo distintas formas,ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos. En efecto la fusión entre fe y poder político tiene siempre un precio: la fe se opone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios”.
Pero el Papa va mas allá, ilumina esta tentación con otra escena de los evangelios: la liberación de Barrabás (Jn 18, 40). Los evangelistas nos presentan este personaje y no es accidental, no es mera casualidad o la excusa para que todos los años el Estado indulte un preso de la cárcel. Su nombre ya es indicativo, “Barrabás era un bandido”. Ya advierte el Papa que esta palabra en su época no representa un hombre que ha matado a alguien, sino mucho más. Con este término se afirma que era un destacado combatiente de la resistencia, diríamos si lo situásemos en la Guerra de la Independencia, un afamado guerrillero, un El Empecinado, Agustina de Aragón o por echar agua al propio molino, un “Palleter” o si nos remontamos más hacia atrás en la historia, sería un D. Pelayo que se levanta en armas contra el invasor, pero en el caso de nuestro personaje, derrotado. Su nombre también es significativo, “Bar-Abbas”, es decir, hijo (“bar”) del padre (“Abbas”). Es significativo que el último gran héroe de la última gran guerra mesiánica, de 132, se llamase “Bar-Kokeba”, hijo de la estrella. Por tanto nos encontramos ante un personaje en el que se mezcla lo religioso y lo político, una especie de caudillo que quiere liberar al pueblo de Israel del poder pagano con las armas, un poder que humilla y persigue al Pueblo de Dios. El mismo Orígenes, escritor cristiano del s.III afirma que en los manuscritos de su tiempo aparecía en los evangelios como “Jesús Barrabás”, Jesús hijo del Padre. Por tanto en esta escena nos encontramos con Jesús y su doble, el guerrillero que ha provocado un levantamiento nacional contra Roma y Jesús. El pueblo tiene que decidir entre “un Mesías que acaudilla una lucha, que promete libertad y su propio reino, y este misterioso Jesús que anuncia la negación de sí mismo como camino hacia la vida. ¿Cabe sorprenderse de que las masas prefirieran a Barrabás?”.
No está mal, ¿un caudillo o un mártir?, ¿qué preferimos?, ¿quién para nosotros hizo más por la Iglesia los mártires y quienes se levantaron en defensa de la religión? A nivel humano está claro, por eso las masas eligieron a Barrabás, como, seamos sinceros, haríamos nosotros, pero ¿cuál fue la opción de Jesús?, ¿Dios por quién se inclinó por el que murió sin derramar sangre ajena o por quien vivió derramando sangre ajena?
Ratzinger nos propone las siguientes preguntas: “Si nosotros tuviéramos que elegir, ¿tendría alguna oportunidad Jesús de Nazaret, el Hijo de María, el Hijo del Padre? ¿Conocemos a Jesús realmente? ¿Lo comprendemos? ¿No debemos tal vez esforzarnos por conocerlo de un modo renovado tanto ayer como hoy?
Y sigue, “el tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Sólo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios pueda ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales”.
Así la tercera tentación es la tentación fundamental, pues se refiere a lo que debe hacer un salvador del mundo. Y ésta pregunta marcará los momentos decisivos de Jesús, es la pregunta sobre la que se decidirá la cruz. Porque la cruz se opone a Pedro, se opone al imperio cristiano, al papado mundano, a la interpretación del cristianismo como una receta para el progreso. Muchas veces nos esforzamos en defender a Jesús como Mesías intentando mostrar que Él ha traído la paz, que el mundo está mejor que antes y enseguida quienes nos persiguen nos muestran lo contrario, recordándonos la inquisición, la Edad Media, las guerras de religión, el colonialismo,... Y es que nosotros no creemos en Jesús como Mesías porque haya traído la edad de oro a la humanidad. Pero, “ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer el mundo en sus manos”. He aquí una gran verdad, ni el comunismo ni el nacionalcatolicismo, por poner dos ejemplos completamente opuestos, salvaron a la humanidad. Y el Papa sigue preguntándose, “¿Qué ha traído Jesús realmente, sino ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor?, ¿qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había revelado primero poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los Profetas; el Dios que sólo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos”.
Pues sí, gracias a Jesús cnocemos su rostro, silencioso y duradero, el Dios que en la cruz se encuentra en la agonía y a la vez nos salva, el Dios cuyo reino a diferencia de los reinos mundanos que se derrumban, nunca desaparecerá. Esa es la aportación de Cristo, sencillamente, nos ofrece a Dios, el auténtico bien de la humanidad.Y así concluye este capítulo. En él si te fijas nos ha ofrecido las tentaciones que todos tenemos, la de un Dios que resuelva los problemas de la humanidad, ante el cual nosotros como Cristo nos ofrecemos, le ofrecemos nuestra vida y nuestra persona.