viernes, 21 de septiembre de 2007

Jesús y Dios

He comenzado a leer el libro del Papa, Jesús de Nazaret. Y tengo que pedir perdón por caer en el torbellino de las modas. Porque es evidente que este libro uno lo lee llevado por la buena promoción que ha recibido, además de por ser del Papa y tratar de Jesucristo.
Bien, dejando aparte la publicidad realizada, es indudable que Joseph Ratzinger es un buen teólogo, como lo ha demostrado en sus libros y además, no deja de ser el Papa, un hombre llamado a dar luz en medio del mundo.
Por eso permitidme que vaya comentando algunos aspectos del libro, de este modo a mí me ayudará en la formación permanente que es como se llama lo que uno hace después de ordenarse sacerdote y a vosotros seguramente también os hará bien.
El libro se detiene en la introducción en la relación de Jesús con el Padre. Y es que si durante tiempo hemos visto al Padre como el lejano, juez y distante, no es esa la visión que nos ofrece Jesús. No hay contraposición entre uno y el otro, la bondad de Jesús es un reflejo perfecto de la bondad del Padre, la misericordia de Jesús es la misericordia del Padre.
Como bien señala Josep Ratzinger en el orar es donde Jesús descubre al Padre. Toda su vida se puede resumir en una pasión por el Padre. No hay más que leer los evangelios para descubrir esta realidad. Así Jesús no se opone al Padre y los cristianos cada vez que nos encontramos con Jesús en la oración deberiamos ser consciente de esta realidad, pues "quien me ha visto a mí ha visto al Padre", toda oración a Jesús es un mirar a quien está mirando al Padre y a la vez un sentir que el Padre te mira en los ojos de Jesús. Es apasionante imaginar a Jesús rezando con el Padre, sintiendo viva la presencia del Padre en su interior, amándole hasta la locura de pasar por la cruz por cumplir la voluntad del Padre.
Y querido amigo/a realmente los cristianos somos muy afortunados. La imagen de Dios no es la de un ser amorfo como el mar y nosotros el agua del río que camina a fundirse en el mar ni el juez que te marca unas normas, si las cumples al cielo y sino, al infierno. Es la imagen del Padre de la parábola del hijo pródigo, es la de ese ser bueno que nos ama tanto, cuya unico trabajo es amar y por eso no se toma vacaciones ni duerme ni descansa, porque en todos los momentos, en cada instante nos está amando, lleva nuestros nombres tatuados en su corazón.
Párate un instante. En estos momentos, mientras lees, Dios está mirándote con amor, pero locamente enamorado. Si me permites como esa niña adolescente que mira al chico de sus sueños tocar la guitarra o escribir al ordenador, sin que se de cuenta, pero "loquita por él", buscando no perderse un sólo detalle. O esa madre que días después del parto, aliviada ya en los dolores, contempla al niño de sus entañas en la cunita, con admiración y un gran amor. Así Dios te está mirando ahora, nos está mirando, con un amor de adolescente y de madre, con el amor del joven que ve pasar a su amor platónico o el marido que llega a casa o ese anciano que mira con ternura a la que durante cincincuenta años ha sido su mujer y madre de sus hijos y tiembla al pensar que un día se irá, mientras pide al buen Dios irse el primero.
Así es Dios. Y así nos lo enseña Jesús, por eso acercarse a Jesús no es sólo emprender la aventura de descubir al ser humano más maravilloso que ha existido sino sumergirse en la aventura de conocer y amar a Dios, el que fue la razón de su vida, su gran amor.
Bueno, es verdad que él también era Dios, y claro, por eso conoció en profundidad el amor del Padre, porque el Padre y Él son una sola cosa, por el misterio del amor.