domingo, 30 de marzo de 2008

25-VI-01. Abuelos

Amigo oyente:
Ayer fue el día de los abuelos y las mujeres. Al mediodía la UDP tuvo la tradicional comida y por la tarde un reguero de mujeres bajaba a la Iglesia para asistir a la misa y procesión en honor a santa Rita, en el día en que más mujeres por metro cuadrado hayen la Iglesia. Pero mi recuerdo hoy va hacia una persona que reúne esta condición, ser mujer y anciana, a mi abuela Antonia que ayer cumplió veinticinco años de su partida hacia el lugar de los buenos. Tenía apenas seis años y lo recuerdo como fuese el año pasado, la tarde en la casa de los vecinos, mientras ella agonizaba, el espantapajaros, el encuentro con el cuerpo sin vida, la misa y el camino al cementerio detrás y por iniciativa propia con dos amigos vecinos y hasta el plato de arroz que comí aquel veinticinco de junio. Curioso como la muerte de los abuelos queda marcada en la vida de los niños, así como el recuerdo imborrable de quienes nos hicieron felices en los primeros años de nuestra vida, en esos años en los que conservamos los momentos más significativos. Ellos los abuelos son la imagen tierna de nuestra infancia, esa mirada cansado por los años complice de los nietos, aliada las más de las veces, mirada penetrante a la vez que va apagandose, mirada que guarda en su interior recuerdos insospechables. Y manos temblorosas que toman al niño de la mano y lo llevan al parque, que juegan con él, manos siempre abiertas para dar que piden poco, una migaja de amor en comparación con todo lo que dan, manos trabajadas por los años de azada y mil labores. Son los ancianos de corazón grande que lentamente va parándose, corazón que ha perdido la cuenta de los años y que sigue amando a los demás, corazón que ya no busca lo material sino lo importante de la vida, una palabra amiga, un gesto cariñoso, un beso. Y el rostro surcado por los años, curtido por el sol y la vida, rostro que mantiene virgen la bondad e irradia una belleza distinta a la juvenil pero llena de ternura.