viernes, 22 de febrero de 2008

Jardín del Turia

Riba-roja, jardi del Turia

Con este encabezamiento invito a las autoridades municipales y a todo el pueblo a tomar conciencia del valor que tiene nuestra amada Riba-roja. En el mundo del internet, las webs y el turismo, Riba-roja puede ser perfectamente una marca vendible, por eso, después de cinco años durmiendo a la sombra de sus dos campanarios, he llegado a descubrir que si por algo puede caracterizar nuestro pueblo es por sus jardines y arboledas, sin olvidar sus monumentos, muchas veces rodeados de naturaleza.
Y qué mejor para celebrar el san Valentín que un paseo por el pueblo, reencontrándose con la belleza de quien nos vio nacer y crecer.
Nuestro paseo romántico comienza en la explanda del río, allí podemos sumergirnos en la abundante vegetación de verdes cañares, acercarnos a la orilla del río y contemplar como se funden nuestros rostros con los muros ocres del pueblo, el paraje es singular y de gran belleza, un paraíso por descubrir, mientras las aguas del río cantan a su paso por el molino. Bien podemos emprender el camino por estrechas sendas junto al río hacia arriba o bien, como haremos nosotros descendemos con él para llegar hasta Masía de Traver y los chopos que allí se inclinan ante el río, mientras la huerta nos embriaga y las primeras flores de los almendros anuncian la primavera, esa primavera que todo enamorado sueña con que sea eterna. No es casualidad que aquel lugar atrajese a los pascueros y las pascueras el día de Pascua, nuestros antepasados descubrieron en el aquel paraje un bonito lugar pasar el día de Resurrección y comenzar allí, bajo los chopos y junto al río los cortejos o como decimos en valencia “a festejar”.
Volvamos atrás, reemprendamos el camino, eso sí, junto al río, por cuyo cauce el agua busca encontrarse con la mar, su amada en quien se fundirá. Y ahora subamos por el puente viejo, ese puente destruido por la riada del 57 y reconstruido con motivo de la “II Ofrena al riu Turia”, ese puente símbolo del amor entre el pueblo y la tierra, que une al labrador con la huerta que cultiva y ama. Dejamos atrás los jardines para subir pueblo arriba, atravesando la desembocadura del “Barranc dels Moros”, dejando que la mirada quede prendada por los vetustos edificios que vigilan nuestro amor. Tres edificios evocan el pasado, el “Colegio de las Monjas”, con su fachada neogótica y sus ventanas, el molino y como no, el Castillo, nuestro Castillo cuyos muros se levantan a lo alto. Nosotros avanzamos subiendo por el matadero, la Biblioteca y como no, no podemos dejar de contemplar el Barranco de los Moros, otro jardín en el pueblo, cruzamos la pasarela sobre los naranjales y contemplar como él se inclina sosegadamente sobre la ribera del río, como el amado al llegar al encuentro con la amada no puede más que inclinarse y abrirle su corazón ese abrirse hacia el horizonte, pasear por la pasarela, contemplar las cuevas, el antiguo colegio “D. Francisco Silvestre”, el edificio de la Biblioteca, el Trinquet donde se practicó y se practica nuestro deporte autóctono, un deporte que es nuestro y que creó figuras de reconocido prestigio, que unió los pueblos que hablan y sienten en valenciano; pero dos torres nos cautivan, como el amor ellas no cesar de hablar y cantarse desde lo alto, son “els populars dos campanars de Riba-roja, el poble dels dos campanars”, separadas por la cúpula. El amor mira a lo alto y encuentra en Dios la fuente y la meta, el amor necesita de ese templo que sella los sentimientos y las voluntades, de ese Dios que en el sagrario nos muestra el verdadero significado del amor, ser alimento de felicidad para el otro, el amor descubre en la singular y única imagen del Cristo de los Afligidos la esencia de él, “nadie tiene más amor que el que da la vida por la persona amada”, la fuerza que irradia la cruz, en él encontraron los enamorados aliento cuando el vino del primer amor se enturbió. Pero sigamos, la plaza ya es bonita, si bien, necesita de una seria restauración, sus jardineras, su fuente, y sobre todo el entorno la embellecen, con sus tres edificios emblemáticos, el Templo Parroquial, el Ayuntamiento y las Escuelas Parroquiales. Dejamos el templo por el carreró y entramos en la Plaza La Torre, cuyo nombre enseguida comprendemos, una plaza recogida, donde la paz y el silencio eleva los espíritus, de allí vamos a sumergirnos en el Santísim, bajo el pasadizo elevado que cruzamos y los muros, mientras todo el Campo del Turia se tiende como una alfombra bajo nuestros pies, un bonito paisaje, pero aún lo es más durante las noches estrelladas, ella nos abre al campo, al mundo salvaje e inospito que se levanta durante la noche frente a la ciudad y los pueblos amurallados que ofrecen seguridad que protege de los oscuros caminos. Seguimos caminando para encontrarnos con la Verónica y de nuevo nuestro pueblo se presenta como “el mirador del Camp de Turia”, allí podemos sentarnos y contemplar a san Miguel y la Montieleta con esa capilla en lo alto dedicada a San José, allí la comarca se encuentra a nuestros pies, protegida por la Sierra Calderona, comarca plagada por dos monasterios donde día y noche cantan al Amor, el Cister en Benaguasil, y en el corazón de la Sierra Calderona la Cartuja, la Cartuja de Porta Coeli, Puerta del Cielo, donde los monjes entregan su vida al Amado en la oración, la soledad y la penitencia, porque el amor es pasión y el cartujo así como la monja trapense son grandes apasionados de Aquel que es el Amado que huye como el cievo habíendome dejado herido. Descendamos de la mística para seguir caminando por nuestro pueblo, llegando a otro barranco, el de las Monjas, sus cuevas y olivos. Cruzamos construida a mediados del siglo pasado y recientemente restaurada, de nuevo nuestro amor se despliega por la ribera del Turia, ante nuestros ojos el jardín regado por el río que evoca aquel Eden con el Tigris, Eufrates, Pisón y Guijón, donde el hombre y la mujer se aman en un amor original y cristalino. Y frente a nosotros la Avenida La Paz, una larga avenida custodiada por palmeras cual centinelas que evocan el desierto y los oasis, la palmera que se abre al tiempo que se levanta hacia lo alto al tiempo que abre sus brazos, ellas nos conducirán al jardín por excelencia de Riba-roja, el “Parque Maldonado”, un hermoso parque donde podemos pasear y sentarnos sobre un banco, verde todo él, lleno de fragancia y frescura, un parque en el que podremos trasladarnos al pasado y ¿por qué no subir en un tren a vapor y sentir como la carbonilla te cubre la cabeza?, ¿es posible?, todo es posible en Riba-roja, eso sí, es en miniatura. Sobre sus vagones nos llevará a recorrer un itinerario en el que se ha copiado a la perfección el trayecto del ferrocarril y todo ello sobre unas maquinas idénticas a las que durante dos siglos cruzaron las tierras de España y unieron a los castellanos con los valencianos, a los vascos con los andaluces y a los gallegos con los catalanes. Y después podemos mirar los patos que en el estanque nadan plácidamente. Pero no abandonamos la Colonia, quedan sus jardines y en concreto uno bellísimo junto a la Capilla de la Virgen de los Desamparados, un jardín hermoso para pasear, cual claustro de monasterio bajo la atenta mirada de la cruz de hierro, sin olvidar el huerto de la Capilla con su palmera y arboleda. Y ya abandonamos La Colonia por calles llenas de naranjos.
Y me dirá el lector ¿quedan aún jardines por ver?, pues sí, nos queda por visitar la plaza de la Constitución con el primer monumento levantado en España en honor a nuestra Carta Magna y la plaza de Germanías con sus figuras propias del arte del siglo XX, abstractas, ah olvidaba otro jardín, el que acoge a quienes nos visitan por tren, situado en la Plaza de la Estación, frondoso y pequeño y el pequeño rincón de la calle Numancia, frente a Foto-Diaz.
Finalmente un recuerdo al jardín que se levanta frente al Conservatorio de Música y Danza y sobre el antiguo cementerio parroquial, un verde jardín con sus palmeras y cipreses. Y muy cerca nuestro parque, el que se encuentra junto al patio.
Ya tan solo nos queda por recordar el acueducto romano situado en el Barranco de Porxinos, un lugar que nos remonta a aquellos maestros en obras públicas, que canalizaron el agua.Ahora queda la segunda parte que consiste en emprender el camino vosotros, pasear por Riba-roja y dejarse seducir por ella.