lunes, 8 de diciembre de 2008

El maestro

Todos los días amanece, en estas tierras nuestras bañadas por el Mediterráneo, nace el sol con la aurora. Amanecer siempre es un momento de gozo, es el renovado sí de Dios a la humanidad, manifestado con el alba y el canto de las campanas que anuncian el nuevo día.
Y amanece en nuestro Mediterráneo. Mirar el Mare Nostrum es rememorar la historia del maestro. El maestro, bien podemos decir, que nació en el Mediterráneo, el maestro desde nuestra cultura greco latina hunde sus raíces en este mar, origen y cuna de nuestra civilización.
Hoy día del maestro, porque no recordar a los sabios de la Antigüedad, a Sócrates, Platón y Aristóteles. A esos hombres sabios, fundadores e inspiradores de escuelas que han permanecido durante siglos. Al ciudadano buscador de la verdad y amigo de la virtud, el maestro que enseña al discípulo a descubrir la propia ignorancia para así comenzar a escrutar la verdad que se halla en sí mismo, a ese maestro de la escuela del nada conocer para así conocerlo todo. ¿Acaso nuestra vida no comienza construirse cuando abandonamos la autosuficiencia y nos sentimos necesitados del conocimiento?
Y del Mediterráneo nos llega el esclavo griego, quien nos lega el término pedagogo, acompañante del niño. Y este mar fue atravesado por nuestro insigne maestro estoico, Séneca, el hombre práctico,
moralista y curtido en virtud, sobrio y sometido al destino, que ama a la humanidad y sigue a Dios. El maestro en el arte de la felicidad,la felicidad que nace de la paz y el sosiego, el sometimiento al destino y la renuncia al deseo.
Y es en el Mediterráneo donde encontramos a los grandes maestros en la vida espiritual cuyo magisterio ha guiado a los cristianos del medievo, la edad moderna y nuestro tiempo. El padre de los anacoretas, Antonio Abad, maestro en la vida solitaria, en la renuncia al mundo por amor a Cristo, profundo conocedor de la Biblia, hombre de oración y penitencia. Y suena aún en sus aguas el Cantico de las Criaturas del juglar de Dios, Francisco de Asís, quien busco tener como único maestro a Cristo, al que siguió por el camino de la pobreza evangélica.
Y es entorno a este mar nuestro donde han crecido los pueblos y en los pueblos las iglesias y a la sobra de las campanas la escuela, esa vieja y ocre escuela, con pupitres de madera y pizarra, esas aulas donde los niños estudiaban con la enciclopedia que heredaron de sus hermanos mayores, y en ellas el maestro. ¿Quién no recuerda a su maestro?. La gente de los pueblos es buena y sabe muy bien agradecer a los que les hacen el bien, saben valorar el esfuerzo de quienes entregan su vida a los demás y por eso, ¿qué pueblo no tiene unas calles dedicadas a sus maestros? Y nuestro pueblo lo tiene, calles a esos hombres de vida recta, disciplinados y exigentes, hombres y mujeres que venían de fuera y a los que se les llamada de don, hombres que sabían de letras y números: Don Francisco Silvestre y Doña Flora, Don Salvador Ferrandis y Don Salvador Bigorra.
Y hoy las aulas vuelven a tener la vida que tuvieron antaño, todas las mañanas los pupitres esperan a los niños y la pizarra sueña con que el maestro vuelva a escribir la tabla de multiplicar o las letras de abecedarío, mientras el crucifijo mira con amor a los niños y Cristo recuerda que él también fue niño y que lo más le encantaba que le llamasen Maestro y estar rodeado de niños, porque de ellos es el Reino de los Cielos y si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos.
Y el cole se llena de ellos, de niños y papas que se despiden con un beso y les esperan a la puerta del cole, de abuelos que pacientemente aguardan a que salga el nieto para cargar con la cartera, que cuidado que pesa, con tantos libros, ellos que con la Dalmau, un lapiz y una libreta pasaban el curso. Y las aulas vuelven a tener vida, con ellos, con los niños y los profesores, una luz ilumina nuestro los colegios, todo es alegría, porque un colegio sin niños es como una rosa sin pétalos, un patio sin el griterio de los pequeños es como una fuente sin agua.
Y así transcurre el día y el maestro está allí, con ellos, buscando ser el camino que les conduzca hacia el conocimiento de la verdad, el rio que les riegue con las letras, las ciencias, las humanidades y las artes, ser esos primeros rayos de sol que iluminan en el amanecer de sus vidas.Hoy es el día del maestro, un día muy especial para todos nosotros, porque hoy más que nunca nos acercamos a Cristo, el Maestro, para darle gracias por la vocación a la que nos ha llamado, por ser instrumentos suyos en el arte de educar y construir personas adultas, ser esa mano en la que el niño se apoya y esa mirada que corrige y perdona. Hoy, Cristo nuestro, gracias, gracias a ti por este día, gracias por nuestros maestros y gracias, permítemelo, Salvador, por Don Salvador que siempre está ahí, siendo el alma del colegio y dándonos testimonio de maestro bueno, de maestro cristiano.