lunes, 8 de diciembre de 2008

Un retiro a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados

Ha sido la única vez que he dado un retiro, a estas religiosas entregadas totalmente a Dios y los ancianos de Liria. He aquí el guión.
Queridas hermanas:
- Concluyendo el verano vamos a reflexionar de la mano del obispo vietnamita F.X. Nguyen van Thuan y desde mi experiencia como sacerdote .
- Para ello tomamos como punto de partida el texto que el autor propone y que constituye un modelo de evangelización y caridad. De nuevo nos adentramos en aquella escena hermosa de la multiplicación de los panes y peces. Veamosla:
- Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: “¿Dónde nos procuraremos panes para que coman estos? Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco”. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos”. Dijo Jesús: “Haced que se recueste la gente”. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados, y lo mismo los peces, todo lo que quisieron”. (Jn 6, 5-11)
- La escena es rica y bonita. Vamos a confrontarla con nuestro tiempo:
- Surge el protagonista, Jesús:
- Le conocemos bien, es el Maestro que ha venido a ofrecer la salvación a los hombres, a acercarse a cada persona y así mostrarle que es capaz de ser amado por Dios. Su preocupación la sabéis muy bien es la persona, salvar al hombre, liberarlo del pecado y sus consecuencias desde la experiencia del amor de Dios como Padre y la apertura al otro como hermano.
- Al levantar los ojos Jesús: levanta la mirada, deja de mirar hacia abajo, Jesús como persona deja de mirarse sus propios problemas y preocupaciones. Levanta la mirada, alza los ojos y descubre a la humanidad hambrienta. Si miramos a nuestra sociedad y a nosotros mismos. Muchas preocupaciones que tenemos los cristianos se deben a que nos miramos a nosotros mismos, a que somos incapaces de levantar los ojos y ver que más allá de nuestros problemas hay una humanidad que tiene hambre, que necesita de nosotros mismos. ¡Cuantas cosas relativizariamos en nuestras comunidades si levantaramos los ojos más allá de nuestro mundo, los propios intereses, las manias, los prejuicios,... Hay muchas cosas en nuestro interior que pueden impedir que levantemos la mirada. Bueno sería hoy entrar en nuestro interior para descubrir aquello que nos lleva al egoísmo, que nos impide levantar la mirada.
- Descubre el paisaje que tiene alrededor, éste es bastante desolador: una multitud hambrienta. Hoy cuando la Iglesia levanta la mirada también encuentra que hay muchas personas que tienen hambre: si miramos en nuestra sociedad descubrimos multitudes hambrientas. Veamos algunos campos:
- Los niños: es verdad que pocos niños pasan hambre de pan, sin embargo, bien sabéis que hoy muchos de ellos pasan hambre de amor. A los pocos meses son separados de sus madres y cuidados por sus abuelos o niñeras, tienen muchas cosas pero les falta el tiempo de los padres que han trabajar para pagar el piso, el coche, el colegio, las vacaciones,... Si antes los comedores escolares eran sólo bien para niños de clases altas educados en colegios de élite o niños marginados que vivían en los horfanatos hoy ocurre al reves, la mayoría comen en ellos debido a que sus padres trabajan. Es evidente que no es lo mismo acabar el colegio y comer junto a mamá, papá y los hermanos que en un comedor.
- Los jóvenes: son las clases privilegiadas de nuestro tiempo, poseen todo lo que nuestra sociedad ha aspirado en los últimos siglos: viven en un país libre donde se les respetan sus derechos, tienen las necesidades básicas de alimentación, vivienda, vestido, sanidad cubiertas, el estado les facilita el acceso a los estudios primarios, secundarios y superiores. Sin embargo, ¿están motivados?, ¿son felices? si entramos en un aula descubrimos que lo quieren todo fácil y que pronto se aburren. Si nos encontramos en una parroquia aguantan hasta que se confirman para después abandonarla en su mayoría y siempre cambiando de metodología, intentando más que aprendan que se diviertan. La crisis en la educación es un hecho evidente que ha alcanzado hasta los colegios religiosos, cuesta trabajar con los muchachos de trece a dieceis años.
- Las familias sufren también una fuerte crisis, el amor que siempre ha sido un valor está en crisis, ¡cuántas parejas rotas!, ¡cuantos proyectos ilusionantes que han llegado al fracaso!, los esposos no se entienden y les cuesta entender a los hijos.
- Los ancianos: sabéis muy bien mejor que yo para que surgió la congregación, para atender a los ancianos abandonados por las calles. Aquellas personas que no tenían a nadie y que morían sin que fuesen atendidos. La obra fue digna de admiración y una muestra más de la preocupación de la Iglesia por los marginados. Sin embargo hoy el problema es más grave, muchos ancianos tienen las necesidades materiales cubiertas, sin embargo les falta algo que no se compra con dinero, el amor. Nuestra sociedad ofrece asistencia sanitaria e incluso el Estado facilita la atención de la tercera edad en residencias privadas o públicas. Ningún anciano muere hoy en la soledad del hogar, sin embargo, muchos mueren sin amor. En estos años he tenido la ocasión de visitar algunas residencias privados situadas en el término de Ribarroja y la verdad, muchas veces he envidiado a los que se encuentran en las hermanitas. Son residencias de pago, destinadas a ancianos que tienen una renta alta, aparentemente no les falta de nada y es verdad que el personal les trata bien. Sin embargo, les falta el amor de sus hijos y de Dios, se ven privados de la compañía de sus familiares y lo más grave, y reconozco que culpa de los sacerdotes y las comunidades cristianas. Por no hablar de la soledad, de sus miradas, por cierto, miradas semejantes a las de los niños de un comedor escolar, de su tristeza, de las horas esperando a recibir una visita.
- Y todo ello sin olvidar a los drogadictos, huérfanos, niños de la calle, a esa multitud de inmigrantes que nos están llegado en pateras o por avión, a esos subsaharianos que cruzan el estrecho procedentes de paises de misión, hermanos nuestros que recorren las carreteras andando con el rosario o los hispanoamericanos que llegan buscando trabajo. Sin olvidar el tercer mundo.
- Como veis hermanas el espectáculo es desolador. ¿Lo era menos el de Jesús?, lo dudo. ¡Cuántas veces el Señor sintió lastima al contemplar las multitudes que andaban como ovejas sin pastor! o recordáis que la mies es mucha y los obreros pocos. Siempre la mies es mucha, fue el problema de santa Teresa de Jornet, lo fue de la madre Teresa de Calcuta y de tantos cristianos que se han visto desbordados al levantar el rostro y contemplar la multitud de personas necesitadas de amor.
- Como Felipe le ofrecemos a Jesús lo que tenemos, bien poco. Lo sabéis. Imagino que a las religiosas os pasará lo mismo que a los sacerdotes: un día descubrimos con gran alegría que hemos sido llamados a la vida religiosa o sacerdotal, pero tras la llamada surge la duda. ¿Yo?, bajos la cabeza de nuevo y que descubrimos, que no podemos, tenemos bien poco que ofrecer a la Iglesia, doscientos denarios, mis mediocridades, mis pecados, mis omisiones, mi vida, mis limitaciones y carencias. No está mal en la oración ofrecerle al Señor nuestra persona, tal como somos. Felipe, Andrés, el muchacho le ofrecieron algo, todos tenemos algo que ofrecerle a Dios. El mes pasado estuve de ejercicios espirituales y me llamó la atención una frase, soy mejor de lo que creo ser o lo que es lo mismo, tengo más cualidades de las que creo tener. Porque el cristiano tiene el peligro de caer en una falta de autoestima. Ante los fracasos de cada día, ante el trabajo cada vez más agotador, la falta de vocaciones y por consiguiente un aumento de trabajo podemos llegar a hundirnos, a perder el horizonte o la ilusión. Yo también tengo que ofrecerle a Dios algo.
- Los cinco panes de cebada y dos peces se multiplican: lo aparentemente insignificante es capaz de alimentar a cinco mil personas. Y todo ello gracias a un poder inigualable e insuperable, el poder de la oración. Después de dar gracias el Señor hizo el milagro. Todos quedaron saciados. Hoy nosotros también debemos creer en este poder, en la fuerza de la oración capaz de enriquecernos y en la fuerza de Jesucristo. Si os fijáis aquel muchacho no confió en sus solas fuerzas, su gesto fue bien sencillo, le ofreció a Jesús lo que tenía, lo dejó en sus manos. Nosotros en la medida lo dejamos en las manos de Cristo vamos avanzando, el Señor va multiplicando nuestras cualidades, valores y aptitudes.
- No es una representación de la eucaristía. En ella el sacerdote le ofrece no sólo pan y vino. En las especies está la tierra y el trabajo del hombre. En cada eucaristía el sacerdote ofrece vuestro trabajo, el de las hermanas que día tras día se esfuerzan por ayudar a los ancianos, el amor de cada una de vosotras y es el Señor quien dando gracias (eucaristia) multiplica vuestro amor, lo hace ilimitado.

Por tanto:
1º Leer el texto y situarse en él, comenzar mirándose a uno mismo. ¿Qué me ocurre cuando no dejo de mirarme, cuándo mis preocupaciones me impiden fijar los ojos en el que está al lado?
2º Mirar a los ancianos, verlos necesitados de algo que siempre habéis demostrado las religiosas, de amor, un amor que os ha llevado a dejarlo todo para llevarles ese trocito de vuestro corazón que les pertenece a ellos. Recordad lo que decía san Vicente de Paul: “solo por tu amor los pobres te perdonarán el plato de comida que les des”. El Señor me muestra esa multitud y trato de mirar a cada anciano como Cristo lo haría, no olvidemos que para muchos de ellos el rostro de Cristo es el de la hermanita que les ofrece la comida o les escucha.
3º Mirar la propia vida, nuestros talentos. No olvidéis que sois mejores de lo que vosotras pensáis, mirarlos como los mira el Padre con amor, esto que lleváis en vuestras manos, vuestra vida no es cualquier cosa, porque se lo habéis dado a Jesús.
4º Sentir que está en las manos de Jesús y mirad atrás, desde la gratitud de quien descubre como María que el Poderoso ha hecho obras grandes en él, cantad vuestro Magnificat. Aquella muchacha insignificante fue engrandecida por Dios, la virgen convertida en Madre del Salvador y Madre de la Iglesia. Agradeced al Señor los momentos en los que Él ha multiplicado los talentos. Seguro que son muchos.
5º Ilusionaos, reemprended la tarea de acercarse a los ancianos sabiendo que no váis solos ni con vuestras únicas fuerzas sino con las de Cristo, cuando te acerques al anciano piensa que no le ofreces tus cinco panes y dos peces sino un cesto lleno de panes y peces, los que el Señor ha multiplicado.

II MEDITACIÓN:
- Esta tarde vamos a ver como podemos ofrecerle a Dios nuestros panes. Premisas.

- I. vivir el momento presente: cuantas preocupaciones nos vienen por el ayer que pasó o el mañana que vendrá, olvidando que lo único que Dios pone en nuestras manos es el presente, vivir el ahora. Sin embargo la imaginación nos lleva a perder tantos momentos que podríamos llenarlos de felicidad: si hice esto o aquello, aquel fracaso esta frustración. Sin embargo hay un hecho evidente, aquí y ahora solo tenemos el presente. Como afirma Monseñor Van Thuan “aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinarias. Se trata de vivir el momento presente colmándolo de amor. La línea recta está formada de millones de puntitos unidos entre sí. También mi vida está integrada por millones de segundos y de minutos unidos entre sí. Dispongo perfectamente cada punto y mi línea será recta. Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa. Cada minuto quiero decirle a Jesús: Jesús, te amo”. En mi vida sacerdotal cuantas veces ha ocurrido esto, cuantas preocupaciones futuras o malos momentos han amargado un día o unas horas de mi vida. Y lo mismo ocurre con las personas que nos rodean, muchas veces viven amargadas por el pasado y olvidan el presente, sumergidas en rencores, fracasos y olvidan que solamente tenemos el presente y este el único que podemos controlar. Si os fijáis el sacramento del perdón constituye un medio ideal para vivir el presente. En él se nos dice: del pasado Dios sólo tiene una palabra, misericordia y amor, del futuro has de confiar en su amor y providencia y ahora en el presente lo que importa es que estás con Dios y él te mira con ternura. Queridas hermanas ¿aprovechamos el presente?
- II. Dios y las obras de Dios: leyendo su libro descubrimos una persona dinámica y activa, entregada de lleno a la pastoral. De repente en su vida hay un antes y un después, ha de dejarlo todo para vivir en la cárcel, sometido a la tortura, teniendo que abandonar a sus ovejas. Es en esos momentos cuando escucha la voz de Dios: “Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios”. ¡Qué magnífica lección! Nosotros con la mayor generosidad quisiéramos hacer tantas cosas y de repente todo cambia, nos cambian de destino cuando ya estamos sumergidos de lleno en la parroquia, los sueños se convierten en fracasos, lo que tanto habíamos trabajado se hunde o una enfermedad nos obliga a tener que abandonar la tarea emprendida. De repente todo parece que va a la deriva, perdemos el sentido. Sin embargo es en ese momento cuando con más fuerza surge Dios, Él nos despierta y nos muestra el porqué y para qué de nuestra vocación. No nos hemos entregado a hacer cosas sino a ser, no a las obras de Dios sino al mismo Dios en persona, es el elemento trascendente de nuestra vida. Nosotros somos colaboradores suyos y lo fundamental en nuestra vida no es lo que hagamos por Dios sino lo que Dios hace por nosotros. Nuestra misión es amar y eso se puede hacer de muchas maneras.
- III. Creyendo en uno mismo, soy siempre mejor de lo que imagino.
- IV. Gran fe, esperanza y amor a la humanidad y a nuestra sociedad, creyendo en ella.
Los pasos de Jesús:
1. Tú quieres hacer una revolución: renovar el mundo con el poder del Espíritu Santo. Cambiar el mundo fue lo que quiso Cristo y ese es el ser cristiano, desde la propia realidad cambiarla, descubrir como se encuentra nuestra sociedad para humanizarla frente a los grandes poderes deshumanizadores cuyas consecuencias aparecen día tras día en los periódicos. Sería bueno comenzar mirando hacia dentro, ¿hay en mí un deseo por cambiar el mundo?, ¿por qué me metí monja?, imagino que en la mayoría de nosotros por el nombre deseo de ofrecer nuestra vida al Señor a fin de evangelizar la sociedad, esto es, de transformarla con la fuerza del amor. No está mal volver de vez en cuando al día de la llamada o a la vispera de la profesión de los votos cuando manteníamos vivo el espíritu soñador, curtido ahora por los años de vida religiosa, pero que lejos de perder fuerza tiene que acrisolarse.
2. Comprométete en una campaña que tenga como fin hacer felices a todos. La revolución del amor comienza en la propia celda, se despierta al levantarme y sentir la llamada a la felicidad. Dios quiere que sea feliz y haga felices a los demás. ¿No es apasionante y a la vez realista este deseo? Sabéis muy bien la anécdota de san Francisco de Sales, cuando llegó un joven y le pidió un consejo para cambiar el mundo. La respuesta del santo fue clara, cuando salga cierre la puerta despacio. Hacer felices a los demás consiste en marcarse como meta del día la dulzura, la bondad, la paciencia, comenzando con uno mismo, con los propios errores para seguir con las hermanas con las que me encuentro en la capilla y como no, con ese grupo de ancianos para quienes vosotras sois Cristo sirviendo al desnudo, al hambriento, al sediento, al que sufre la soledad. Sin embargo no olvidéis que todo empieza al levantarse.
3. Permanece fiel al ideal de un apóstol: dar la vida por los hermanos. ¡Qué os tengo que decir a vosotras!, sabéis muy bien lo que significa gastar sin parar todas las energías y estar siempre dispuesto a daros para conquistar al prójimo para Dios. Cada día estoy más convencido que no son los sermones los que convierten a la gente sino nuestra vida diaria, ese convivir con las personas lo que lleva a hacer creíble nuestra condición de sacerdotes o monjas. Darse no es nada fácil, exige muchas veces salir de nosotros mismos, renunciar a la confortabilidad, morir. No olvidemos las palabras del Señor “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13)
4. Cree en una sola fuerza: la Eucaristía. Jesús nos recuerda “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). En medio del desierto de nuestra vida necesitamos de este maná, de la fuerza que de ella brota, de esta fuente en la que se sacian todos los anhelos, de la presencia de un Dios que se hace carne para alimentarnos y a la vez está ahí. Durante el campamento ha sido hermosa la presencia del Señor en la capilla. Realmente ha sido un gran regalo de Dios, lo he sentido en muchas ocasiones, ese saber que allí en medio de la montaña estaba Dios, ese sentir su presencia en medio de nosotros, callada y siempre dispuesta a escuchar y a hablarnos al corazón. Hay muchas formas de orar, lo sabéis muy bien, sin embargo día tras día descubro el valor de la oración ante la Eucaristía. Aquí no tengo que mirar a lo lejos ni penetrar en el fondo de mi corazón ni buscar más allá de la imagen, simplemente tengo que mirarle, mejor dicho dejar que desde un lugar concreto Él me mire y sentir que me ama. Allí en el colegio lo tenemos siempre, durante todo el año y cuanto bien hace, cuantas personas antes de recoger a los niños se acercan a la capilla a rezar. Y sentir la fuerza de la eucaristía diaria. Nos lo recordaba sor Natalia, hija de la caridad misionera en Haití. A ellas les corresponde vivir situaciones tremendamente duras, de guerra, violencia, hambre, enfermedades y a ella le preguntamos donde sacaba la fuerza. La respuesta fue clara, de la eucaristía. Cada día la comunión nos llena de energía.
5. Viste un solo uniforme y habla una sola lengua: la caridad. Sabéis que la caridad es el amor tal como Cristo ama, o sea, el amor desde la cruz, el amor gratuito que solamente desde el cristianismo se comprende, ese amor que lleva a dar la vida por los demás sin esperar nada, ese amor que nace desde una sonrisa hasta pasar la noche junto al anciano, el amor que brota de la experiencia eucarística, el único lenguaje que todos entienden, el que nos une a los humanos. El amor es lo único que no pasará sino que permanecerá allí en el cielo. Recordad el himno de 1 Cor 13, todo un ejemplo de cómo es el amor, de cómo hemos de hacer vida esos cinco panes y dos peces, sencillamente mediante la paciencia, la bondad.
6. Mantente en un solo principio-guía: la oración. No hace falta que os hable a vosotras de oración porque lo sabéis muy bien. Imagino que tratar diariamente con ancianos no será nada fácil, sin embargo cuando brota de la oración entonces todo cambia, la oración es la que da sentido a nuestras vidas, la que impide que seamos meros funcionarios de la caridad o asistentes. La fuerza de la oración nace de la promesa del Señor en Mt 18, 20, es su presencia la que alentó a las comunidades cristianas en medio de la persecución, es su presencia la que ha impedido que los santos flaqueasen y abandonasen el proyecto iniciado con gran ilusión pero marcado por un camino lleno de dificultades, esa presencia en la oración, ese poder en ella.
7. Observa una regla: el Evangelio. Es el mejor camino que hay, ese meditar diariamente la escritura, escucharlo en la misa, ese ir escribiendo el quinto evangelio, descubrirse retratado en cada uno de los personajes e ilusionarse por seguir a Cristo. Es el evangelio el mejor libro jamás escrito, el que ha llevado a más personas a ser felices, un libro sencillo, redactado para gentes sencillas, capaz de entenderlo toda persona y a la vez claro.
8. Sigue lealmente a un solo jefe: Jesucristo y a sus representantes. Lo sabéis muy bien, la Iglesia nos ofrece en primer lugar los medios para ser santos, para ser felices, como son la Palabra de Dios que nos indica el camino, la eucaristía y los sacramentos que llenan nuestra vida y celebran lo que creemos, el mandamiento del amor y unos carismas que ayudan a concretizar la riqueza insondable del Evangelio.
9. Cultiva un amor especial por María: María constituye el mejor evangelio, ella es la mujer sencilla del pueblo, la que escucha la palabra y la cumple, la mejor intercesora que tenemos. Acercarse a María es sentir la mirada de la madre, el apoyo de quien nos ama, la ternura maternal. Reconozco que en María está la fuerza para seguir adelante. Recuerda que María estuvo presente cuando hizo falta a Cristo.
10. Tu única sabiduría la cruz. ¡Cuántos porques encuentran sentido en la cruz!, quien está cerca del sufrimiento humano descubre la presencia de Cristo en ellos, esas personas que mueren, en los ancianos. Sabéis muy bien que el gran pecado de nuestro tiempo es que huye de la cruz, no quiere ver sufrimiento, no quiere enfrentarse con la realidad de un niño deficiente o enfermo, de un joven en coma a causa de una accidente, de un fracaso en la vida o un anciano que cuesta tiempo y dinero. Se huye de la misma muerte y sin embargo la vida sigue siendo cruz. Sin embargo hoy todavía a pesar de los avances de la medicina siguen muriendo madres jóvenes de cancer, a pesar de la paz muchos jóvenes caen en las nuevas trincheras, las carreteras o a manos del terrorismo, la delincuencia y la droga. La cruz nos lleva a sentir cerca los problemas de los demás y verlos desde la trascendencia, desde Dios.
11. Conserva un solo ideal: estar vuelto hacia Dios Padre. En la medida nos volvemos a Dios dejamos de mirarnos a nosotros mismos, nuestra mirada es penetrar en su corazón.
12. Hay un solo mal que temer: el pecado, el apartarse de Dios. Solamente esto nos debe preocupar, pues cuando nos apartemos de él abremos perdido la felicidad.
13. Cultiva un solo deseo: venga a nosotros tu reino. Nuestra tarea no consiste solamente en llevar a las personas al cielo sino más bien en llevar el cielo a las personas. Esto es lo importante, que quienes visiten nuestra casa, quienes estén en contacto con nosotros se encuentren con el cielo, con un Dios que les ama através de las personas.
14. Vive el momento presente y busca a Dios por encima de todo, llenando el presente de Dios.
Queridas hermanas son quince los veintitres caminos. Quince modos para vivir nuestra fe, para dar sentido a lo que hacemos. Ahora corresponde a cada uno tratar de reflexionar sobre uno de esos puntos. Os invito a centraros en uno de los puntos pero sobre todo a reavivar en vosotras la llama de la vocación, aquello que os llevó un día a dejarlo todo para seguir el proyecto evangélico y que tras años de servicio a la congregación se ha revivir.

Y gracias hermanitas.