viernes, 23 de noviembre de 2007

Día 1 Primera Meditación

Primera meditación:
Querido Dios:
Toda nuestra vida está ordenada a Ti, a que Tu voluntad se cumpla en cada una de tus criaturas, desde las hormiguitas hasta el ser humano. Así lo afirmaba aquel sabio mallorquín que tanto conoces llamado Ramón Llul, la primera intención de toda vida humana es que se cumpla tu voluntad y así lo expresaste siglos atrás en el Shema Oh Israel.
Hoy, siguiendo la meditación, voy a contemplar la realidad desde la luz que viene de Ti. Y tal como expresa el Génesis ya desde el comienzo de la humanidad llevamos una larga historia de pecado. Pero el cristiano es un hombre y una mujer de fe y es capaz de reconocer que paralelamente discurre la historia de la salvación, una profunda y fructífera historia de gracia. Y por cierto es curioso como la Biblia se le llama así, Historia de Salvación y no historia de pecado aunque en ella se manifiesta esta condición humana y está plagada de situaciones de pecado. El creyente siempre ha sido capaz de descubrir que por encima de la propia infidelidad se encuentra tu fidelidad y que la gracia triunfa sobre el pecado.
Y el director comienza contándonos el mito de Parcifal, aquel caballero del rey Arturo que en sus andanzas encuentra un pescador quien le indica donde encontrará alojamiento. Al llegar al lugar descubre al rey, quien es el pescador que encontró anteriormente. El motivo se encuentra en la condición del monarca, quien sufre una herida prounda que solamente se alivia con la pesca. Por la noche una procesión se dirige al templo donde se encuentra el Santo Grial. Éste irradia una luz y una fuerza tal que concede todos los deseos a quienes le invocan y todos se benefician de él, menos el rey. Al caballero le corresponde preguntarle al Grial, pero no acierta con la pregunta y a la mañana siguiente se desvanece todo.
Es este rey el ser humano que herido busca aliviar su sufrimiento mediante la evasión, los hobbyes, la pesca. Es el hombre que no acierta con la pregunta, el hombre actual. Pues ciertamente hace años el hombre sufría pero tenía esperanza. El pasado se caracterizó por la fe en que la humanidad iría a mejor con la racionalidad, la técnica y la lucha por la libertad. En le presente estas palabras han sido relegadas al mundo de los políticos quienes lo utilizan sin encontrar credibilidad en sus votantes. Hoy no hay sueños, no se encuentra la solución global al mal. Hoy, bien lo sabes, Señor, vivimos la condición trágica del ser humano, la tragedia de que hagamos lo que hagamos no podemos escapar de la condena, todos estamos heridos, lo sabes muy bien, en el fondo hay un abandonar sueños imposibles y malvivir el presente lo mejor que podamos. Tenemos pequeños proyectos y pequeñas esperanzas, pero carecemos de la esperanza, de la utopía. Y eso no es malo, toda situación de crisis lleva a una nueva creación. El hombre de hoy vive desde la conciencia de que tiene soluciones para problemas concretos pero no tiene la solución. Y sin embargo hay solución, hay salvación para la humanidad.
Claro, Tú lo sabes, la salvación se encuentra en Ti. Sólo Tú puedes hacer justicia a lo que has sembrado en el ser humano, sólo Tú puedes llenar el deseo, la nostalgia, sólo Tú puedes curar la profunda herida que Tú mismo has causado. Por eso, tal como afirma tu obispo Karl Lemann hoy es tiempo de pensar en Dios. Son, estos, tiempos recios de desesperanza en los que la pregunta no está en el ser humano sino en Ti. Son tiempos más que para hablar de Ti o hablarte lo son para callar y escucharte. Ese ha de ser el esfuerzo del creyente, en el silencio descodificar el código en el que Tú nos hablas y así quedar sanados. En palabras de tu apóstol Pablo es el presente el tiempo para aceptar ser amados por Ti, sentir tu amor, dejar de pensar y hablar de Ti, para sentirte. Y ello desde la experiencia del pecado del mundo.
Querido Dios: la meditación ha concluido resituándonos. Durante años hemos pretendido usurpar tu lugar, ser nosotros quienes diésemos la solución al mundo y nos hemos olvidado de Ti y de nosotros mismos. Seréis como Dios, la tentación latente en la historia de la humanidad nos ha llevado a perder el paraíso, nos autoexpulsamos de la felicidad cuando pretendemos usurpar tu lugar y olvidamos que somos criaturas en tus manos y no Tú en nuestras manos.

Querido Dios:
Y después de un largo paseo medito sobre lo que nos ha dicho el director. La pregunta que vaga por mi mente se centra en mi herida profunda. Porque toda persona sufre por algo que le inquieta y le impide ser feliz. ¿Cuál es mi herida? Y vengo ante ti, en el silencio del paseo, mientras la descubro en la soledad, en el miedo a no ser querido, al fracaso. En esa soledad que bien conoces y que en más de una ocasión a sido motivo para llorar en el silencio de mi casa o del coche. Esa soledad del célibe que siente la frialdad en la mano o la ausencia de un hombro en quien reclinar el rostro. Es esa mi herida, Señor, la que hace tambalearse mi vocación, la herida del que sueña con enamorar a una mujer y ser amado por una muchacha, mientras descubre que se encuentra solo y que nada ni nadie sacia su sed de compañía. Y esa herida la deposito en tus manos, junto con la herida del no ser aceptado, la de ser contradicho.
Y encuentro una recogida capilla y allí, mientras contemplo la cruz de san Damian permanezco en silencio, tratando de escuchar tu voz, consciente de que eres Tú quien puede sanarme, mientras leo el pasaje de génesis, el relato de la caída, cuando el hombre es incapaz de contemplarse tal cual es, porque ese es el problema cuando tratamos de usurpar tu lugar, de ser dioses, constructores del mundo al margen tuyo, cuando somos nosotros y no Tú. Entonces caemos, nos avergonzamos y tratamos de autoengañarnos con caretas, tapando aquello que nos avergüenza.
Gracias Señor porque me has hablado en esa capilla.