viernes, 23 de noviembre de 2007

Ej.2002: 3-1

Querido Dios:
Comienza el tercer día y en él ha iniciado la meditación recordando las enseñanzas de los dos días anteriores. Así como bien recordarás el primer día nos entregamos a la meditación de la tragicidad del mundo. Toda nuestra vida es una gran tragedia en la que queremos cambiarlo todo y al final nos descubrimos que todo estaba mejor como se encontraba al principio. Es la tragedia del hombre postmoderno que con gran amargura experimenta los fracasos de la modernidad y mira sus logros desde la perspectiva de Auswich. Los atentados del 11 S pasarán a la historia por propiciar de nuevo esta reflexión, lo mismo que ocurrió con la caída del Muro de Berlín o de los campos de concentración de los Balcanes. Flaqueó el comunismo y ha flaqueado el imperialismo. Levantamos unas altas torres con el sacrificio de muchas vidas y muchos países que en el Tercer Mundo se han visto sometidos y precisamente desde allí con un emblema del progeso, el avión, dos torres fueron demolidas en cuestión de minutos. Y por tanto ¿para qué? En la ciudad de la ONU, donde todos los pueblos tienen su voz y se busca la paz mediante el diálogo estalla la división entre la humanidad. Y nosotros buscamos soluciones mediante la ética. Como respuesta al 11 S Estados Unidos se levanta como garante del derecho internacional y busca mediante la guerra implantar su ética, la de los conquistadores, la de Goliat frente a David. Así nos lo ha recordado Pepe Vidal, mostrando la falta de consistencia de este planteamiento, aquilatando leyes e imponiendo otras no se consigue la salvación.
Por eso la respuesta se encuentra precisamente en tu cruz, he aquí al Salvador, al Rey de los Judíos, en esa sabiduría que no nace de la ética y la ley sino de la gratuidad, del Evangelio de la Gracia. Y de allí llegamos el segundo día a descubrirte actuando desde abajo, desde los pobres e insignificantes. Tantas veces lo hemos dicho que son ellos, las mujeres que rezan el rosario en misa, los hombres que en el campo tratan de ser honrados y comparten lo que tienen quienes se convierten para el mundo en signos de tu presencia: los pobres, los misericordiosos, los sufridos, los limpios de corazón, los mansos, los perseguidos,...
Y el director ha planteado el gran peligro que tenemos los predicadores cuando explicamos el Evangelio. Hay muchos fragmentos que nos duelen o ante los cuales nuestra respuesta no es coherente con lo que predicamos y entonces para no decir lo que no vivimos rebajamos las exigencias, ponemos paños calientes, relativizamos tus palabras. Son lo que Ignacio llamaba los autoengaños o interpretaciones light de tu mensaje. Ante este error en el que todos hemos caído más de una vez solamente hay un camino, aunque yo no puedo con el Evangelio sigo enamorado del Evangelio, porque es tu rostro y por ello siento nostalgia del Evangelio y me alegro de que hayas dicho estas cosas aunque no me gusten o las vea poco realistas o las considere demasiado radicales. Son tus palabras y no puedo ni debo ni tengo que adulterarlas. Por cierto es el mejor signo de credibilidad de la Iglesia, aunque ella no vive lo que predica no deja por ello de proclamarlo y transmitirlo integramente.
Quizás nos cueste tanto leer el Evangelio porque lo hemos convertido en una ética, en una tarea. Tenemos que vivir el Evangelio, tenemos que ser coherentes con el Evangelio, tenemos que... y olvidamos que el Evangelio, tiene que anidar en nosotros no por nuestro esfuerzo sino por tu gracia. Desde este planteamiento resulta mucho más atractivo e ilusionante, no es lo que yo tengo que hacer en mi vida sino lo que Tú, de manera milagrosa vas a hacer de mi vida. Como cristiano soy un trozo de barro en tus manos y en la oración y los acontecimientos me moldeas. Por eso el Evangelio es posible vivirlo, porque Tú te comprometes con paciencia y tiempo a llevarlo a cabo en nosotros. Es la diferencia frente a la ley, aquí no se trata de cumplir preceptos para salvarse sino salvarse haciéndose el Evangelio vida. ¿No cambian las cosas? De lo contrario vivimos como los hombres sin fe, tenemos proyectos, retos, objetivos que cumplir y cuando al final de la jornada vemos que no los hemos cumplido nos desanimamos y en un momento determinado abandonamos la obra porque nos sentimos impotentes para ello y claro, ¿quién ha dicho que el Evangelio sea obra humana?, ¿quién lo escribió los hombres o Dios? y ¿cómo se puede vivir como ley o como obra del Espíritu? El Evangelio es tu presencia, la vocalización de tu actuar en el mundo.
Y en eso ha insistido José, centrándolo en el Reino de Dios, tu reino que se hace presente pero no lo vemos en la plenitud del poder y por eso en el Padrenuestro lo pedimos. Y muchas veces hemos confundido tu reino con nuestra obra, tal como lo advirtió Snakenburg. Ha sido precisamente con el Vaticano II y el Postconcilio precedido por los movimientos de apostolado como la Acción Católica en el que se ha insistido en lo contrario a lo que tú querías y así lo hemos llamado compromiso cristiano, estilo de vida, revolución cristiana, transformación de la sociedad, proyectos sociales, democracia cristiana,... olvidando que nuestras obras no son tus obras, como afirmaba Van Thuan estando en la cárcel. Somos nosotros, queremos construir el reino y olvidamos que el Reino se construye con la fuerza del Espíritu. En estos tiempos de aridez y crisis el cristiano, después de haber puesto tantas ilusiones va volviendo a ti, del activismo estamos pasando a la contemplación, a la serenidad de quien trabaja, por supuesto, desde la contemplación. Como el monje volvemos a descubrir la necesidad del ora para el labora.
Seguidamente nos ha invitado a meditar el Padrenuestro. Esta oración comienza dirigiéndose a ti e invitándonos a la fraternidad, sin embargo él ha constatado que la fraternidad no es un logro humano sino divino, ni en los conventos se vive ni la revolución francesa logró llevarla a cabo. En el venga a nosotros tu reino aunque mis caminos no sean los tuyos y lo más específico de la oración cristiana: hágase tu voluntad y no la mía. Perdona nuestras deudas porque siempre estoy en deuda contigo. No nos dejes caer en la tentación, esa tentación que fluirá en mí el día en que me sitúes en la hora, en mi lugar, en ese sitio que seguramente no será el que he elegido o el que te he marcado. Es la hora ese momento en el que recibimos lo que no esperamos, aquello que menos deseabamos o más temíamos, el día en que nuestra vida se quiebra por la mitad o sufrimos un desengaño, el día en que experimentamos con mayor amargura el hágase tu voluntad, el día del fracaso, el día en que se nos comunica que nuestra vida tiene las horas contadas y sólo nos queda asistir a las pruebas médicas, la quimio, entrar en quirófano,... y abandonar todo lo que con tanta ilusión habíamos emprendido y a aquellos que tanto necesitan de nosotros, es el día en que la madre ve que se muere, esa hora de la cruz tendremos la tentación de querer rebelarnos contra ti o luchar para no vivir ese mal momento, que en ese día seamos capaces de asumir tu voluntad y no caigamos en la tentación de abandonar.