viernes, 23 de noviembre de 2007

Ej.2002: 5-1

Querido Dios:
Siguiendo el esquema ignaciano, tras haber contemplado el pecado en el mundo y tu presencia como gracia, tras habernos encontrado con el misterio de tu encarnación, asumiendo el último lugar y haber experimentado la crisis de tu cruz y el silencio del sepulcro vacío, esta mañana ha amanecido tu resurrección. Por eso ha sido la mañana de los encuentros contigo, recordando aquellos que nos relatan los evangelios. Y el primero ha sido la experiencia de Marcos, cuya estructura constituye una auténtica catequesis existencial. Marcos te presenta en Galilea anunciando el Reino, de allí comienza la segunda etapa que constituye el camino de Galilea a Jerusalén y toda la instrucción al discípulo y finalmente Jerusalén donde mueres, se dispersan, se encuentran con el sepulcro vacío y como un círculo el discípulo es invitado a marchar a Galilea para rehacer el camino que tú has hecho, el camino que va desde el anuncio del Reino de Dios y entusiasmo hasta la cruz. Seguidamente hemos revivido el encuentro con María Magdalena, ella busca en el vacío y te encuentra. Entonces pretende poseerte y no te dejas. Los encuentros contigo son así, lo mínimo suficiente, lo necesario para mantener viva la fe, pero eres libre y no dejas que nadie te aprisione. La fe en ti, la Resurrección nos lleva a volver a nuestro mundo, conscientes de que el mundo no ha cambiado, sigue igual, lo que dejamos no ha mejorado en nuestra ausencia y me atrevo a decir que yo tampoco he cambiado. Esa ilusión de creer que con los ejercicios uno se transforma totalmente y pasa a ser de un pecador a un santo es falso, la Resurrección no cambió el mundo, no fueron derrotados los verdugos y recibieron justicia las víctimas, el mundo no fue más solidario y el sufrimiento menguó, los apóstoles no fueron mejores ni los problemas aminoraron. Y lo mismo ha ocurrido estos días, no es que por arte de magia todo va a cambiar, mis relaciones contigo y con los demás, lo que si va a ocurrir es que ha habido una experiencia única, singular y gozosa que va a hacer que me enfrente a las contrariedades y a mi mediocridad de otra forma, en mí anida una energía para resistir en la fe y en la noche, una serenidad para enfrentarme con los pisotones y una atracción hecha oración por ser de los últimos y compartir tu cruz. Seguidamente hemos meditado acerca de la finalidad de las apariciones, son para una misión que nos ennoblece. ¡Qué bellas las palabras ayer del hermano Sebastián! La eucaristía es el abrazo de Dios a la humanidad, el gesto más grande de amor que tienes y que nos lo ofreces sirviéndote del sacerdote, de mí, soy expresión de un amor total de ti hacia mis hermanos y hacia todos los hombres y mujeres. En cada misa se hace presente ese amor que se da en el cuerpo y en la sangre. Finalmente la meditación se ha centrado en la aparición a Pedro en el lago, ¿me amas? Solamente nos pides que te amemos, no nos pides que seamos perfectos. Aquí está todo, día tras día estar cautivado por tu rostro.