sábado, 17 de noviembre de 2007

tentaciones en una tarde de otoño


Y vuelvo a mi sillón en esta larga noche de noviembre, cuando son las 18:44 de la tarde y la noche ya se ha adueñado del valle. Largas son las noches de noviembre, largas y pesadas, pues apenas la tarde nos ofrece unas horas para disfrutar de ella, el sol fugazmente muere en la sierra. Silencio, mientras arriba no anidan lechuzas sino unos simpáticos palomos. Y bien, aquí en la soledad de la celda estoy de nuevo. Hay que aprovechar la apenas una hora para poder recordar y reflexionar sobre todo lo que hoy nos ha dicho el director de los ejercicios. Por eso voy a comenzar por la meditación de la mañana. De esta forma a mí me ayuda para recordar y profundizar y a ti te pueda ayudar también.
Ante la muchedumbre hambrienta de felicidad el sacerdote experimenta la impotencia. No puede darle a la madre cuyo hijo está en la droga una solución, al familiar que acompaña al enfermo lo que desea, un milagro, que se cure, ante la hija que a perdido a la madre la resurrección de ella. Es la realidad. ¡Cuántas veces en el ejercicio del sacerdocio experimentamos la impotencia! Tiene hambre, tiene hambre el parado que busca al sacerdote para que le de encuentre un empleo, tiene hambre el mendigo que llega a la puerta, tiene hambre el joven que no se entiende a sí mismo, tiene hambre el anciano que vive en soledad, tiene hambre el feligrés que quisiera ver la iglesia llena de jóvenes, tienen hambre los esposos que están en crisis. Hay tantos que tienen hambre. El mismo sacerdote tiene hambre, hambre de un Dios que a veces se escapa, hambre de una iglesia llena de gente, hambre de un mundo más creyente y justo, hambre ante tanta impotencia. Y aquí viene la tentación, abandonemos el barco o tratemos de vivir como buenamente podamos, pues esto se hunde. Es la solución del que se distancia, del funcionario, el que realiza bien su trabajo pero sin implicarse en él. Realmente, ¿qué soluciona la eucaristía cuando las iglesias están vacías y a los jóvenes no les dice nada la presencia de Cristo en ella?
Y tú, Señor, sigues pidiéndome que les de de comer, que esté ahí dándote y dándome.
En Mateo los discípulos creen que se trata de comprar panes, mientras que Jesús lo considera dar, es distinto lenguaje. En Juan Jesús pregunta a los discípulos y de este modo los pone a prueba. La prueba es lo que acompaña a Israel por el desierto, todo el desierto es un probarse mutuamente Dios e Israel. Seguidamente nos presenta las tentaciones, desde este punto sugerente, las tentaciones del presbítero. Es decir, el sacerdote también es tentado. Y no pienses en lo que estás pensando, hay tentaciones más sutiles y peligrosas, son las que tuvo Jesús en el desierto. Veamos. En primer lugar el desierto evoca el éxodo, cuando Israel y Dios caminaban juntos y donde Israel fue infiel a su salvador. Jesús también va a ser tentado, va a tener que optar entre seguir al Espíritu Santo o seguir a Satanás, escuchar y obedecer a Dios o al diablo. Y él no va a sucumbir. Es una tentación consentida por Dios, como muchas veces nos ocurre a nosotros. Somos tentados, pero contamos con que Dios no consentirá tentación alguna que supere nuestras fuerzas y con que tenemos la gracia, por tanto el éxito está asegurado. Las 7 de la tarde. Suenan las campanas.
La primera tentación es convertir las piedras en panes. Recuerda la añoranza de la seguridad en Egipto. Israel será libre, caminará en libertad por el desierto, pero ello no significará que no añore la seguridad de Egipto. Por otra parte convertir las piedras en panes es buscar la seguridad de lo tenido, lo sabido, las recetas, olvidando la Palabra de Dios. Y nosotros, y tú y yo, ¿dónde encontramos nuestra seguridad? ¿En Dios o en los medios humanos? Las siete y es de noche, que diferencia con los ejercicios de verano. Si no fuera por el campamento volvería a ellos, pero vosotros sois lo más importante, más que todo, pues como sacerdote soy para vosotros y existo para vosotros, hasta que el obispo me cambie.
En la segunda tentación Jesús es llevado al alero del templo. Allí según la creencia del pueblo judío tendría lugar la manifestación del Mesías. Jesús responde con la frase del Deuteronomio, no tentarás al Señor. Ante el abandono de Dios, nos preguntamos si él está de nuestra parte, no aceptamos el que Dios nos hable desde el silencio. También es la tentación de los que buscan reconocimiento y valoración de los feligreses, el cura “guay”. Esto no significa que no debamos intentar ganarnos a la gente, sino el no poner el corazón en eso. Como se dice a los monitores, hay que evitar personalismos, ser el centro.
Y la tercera tentación es la de la riqueza, el poder y el dominio a cambio de someterse al diablo. Es ésta la que más afecta al clero y a toda persona que tenga cargos, el creerse que el cargo es para mandar y los demás están para servir.
Y no es fácil resistir a estas tentaciones, la de la seguridad, el reconocimiento y la fama, por eso Jesús en Getsemaní pide a los discípulos que velen y oren. Y por eso el director nos ofrece unas pautas que voy a compartir con vosotros: Antes de tomar cualquier decisión buscar al Señor, meditar, leer, consultar la Palabra de Dios. ¿Lo hacemos? ¿Cuándo programamos el curso rezamos antes, consultamos la Biblia? ¿cuándo tenemos que decidir vamos a la Palabra de Dios? Por otra parte estar con él, tenerlo presente constantemente.
Al mediodía ha tenido lugar la plática. En ella nos ha invitado a profundizar en la frase de Hbr 10, 32, “acordaos de los días primeros”, es decir, hacer memoria de las maravillas de Dios. Es lo que hacemos en la eucaristía (memorial por mandato de Dios), la lectura de la Palabra de Dios (memoria narrada de lo que Dios ha hecho) y la tradición (memoria entregada). Hacer memoria mediante tres mediaciones.
La primera es la biografía de la fe, narrando nuestra propia vida, recordando los momentos más significativos de ella, la primera comunión, la confirmación, la imposición de pañoletas, el día de la ordenación sacerdotal, la entrada en el seminario, el noviazgo y el matrimonio, en vosotros, claro. En nuestra vida hay muchos momentos en los cuales cuando vienen a nuestra memoria sentimos una gran gratitud hacia Dios. Y por supuesto en esta memoria hay fracasos y falta de coherencia, también son buenos, pues en ellos se muestra la misericordia de Dios que es siempre fiel. Leer la vida propia en clave del misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús.
Otra mediación es la genealogía de la fe. En la Biblia hay dos genealogías de Jesús, Mt 1, 1-17 en la que nos lo presenta en el horizonte de la historia de Israel como Mesías descendiente de David, la casa real a la que se promete una descendencia perpetua, prometido por Dios. Y la genealogía de Lc 3, 23-38 en la que nos presenta a Jesús insertado en la historia de la humanidad. También nosotros debemos hacer nuestra genealogía, descubrir como la fe nos viene de una familia católica, no es algo individual sino que está enraizada en la historia. Quien tiene un archivo desde 1555 descubre como muchos de vosotros, de Montaverner, no sois católicos desde ayer, si buscamos en los libros llegaríamos muy atrás, es la historia de vuestros antepasados, inscritos en el libro de bautismos. Nosotros somos nietos de católicos y así hasta los pobladores catalanes y aragoneses y si siguiésemos profundizando llegaríamos lo menos hasta los bárbaros o los cristianos de los pueblos, convertidos a partir del s.IV. En nuestras raíces corre la sangre cristiana. Seguidamente ha profundizado sobre la crisis de paternidad. Y finalmente nos ha invitado a recorrer la geografía de la fe, es decir, esos lugares donde hemos sentido a Cristo. Los apóstoles la recorrieron con Jesús. En Marcos de Galilea a Jerusalén y de Jerusalén a Galilea, en el lago fueron llamados, en el monte escogidos como apóstoles, en Cafarnaún le vieron hacer milagros. Jacob vio la escalera en Betel y allí edificó un altar, por ser lugar de encuentro con Dios. Y para terminar este punto, no estaría mal que ahora recordases esos lugares donde sentiste cerca a Dios. Puede ser un campamento, o una capilla, o una ermita. Si me permites te voy a confesar quienes han sido mis lugares: los olivos y algarrobos de mi abuelo, que bien se estaba allí, hubiese construido una ermita, pero hoy es un campo de naranjos. Ya en el seminario la capilla del Seminario Menor, sencilla, con un precioso cuadro de la Virgen María, acogedora, silenciosa. También durante esta etapa la gruta de Lourdes, cuanta paz encontré allí cuando fui!, mientras escuchaba el murmullo de las aguas del Gave. En Carcaixent el convento de las dominicas, su capilla, era un lugar que invitaba a la oración. En Riba-roja la capilla de mi instituto, especialmente antes de la remoledación, pobre y austera. Después también pero el sagrario tan recargado lo estropeo, aún así la Inmaculada llenaba el corazón. Y como no, la capilla del campamento, en aquel pabellón, un sagrario, un altar, una pared blanca, la figura de Frarncisco de Asís, austera, pobre, sencilla, centrando la mirada en la eucaristía. Y en las noches del jueves santo el monumento joven de La Colonia, lleno de simbología y capaz de cautivar, evocando Getsemaní, sin la ampulosidad del templo de Jerusalén. Ahora, en Montaverner, las dos ermitas del pueblo, la de Colata, en primer lugar y después la del calvario, tan franciscana. Y en Alfarrasí, la ermita del Cristo por su Cristo, pero menos. Perdona que sea tan sincero, el Cristo el más bonito que he visto jamás y la ermita está muy bien, sin embargo me llena más sentarme en el paraje, en uno de los bancos de madera y contemplar el valle. Y en Cullera, pues el mar, simplemente, la playa vacía, el mar. Y aquí, ya lo sabes, la ermita, la capilla,…
Cada uno tiene sus rincones, son lugares donde con facilidad entra en oración, como si Dios se hiciese allí presente.
Y son las 19:30 te dejo, que ahora toca rezar y celebrar la misa. La verdad es que es un sueño eso de celebrar la misa con tanto sacerdote, y yo que los miraba con admiración desde abajo, y ahora soy uno de ellos, y ya no un recien llegado sino un sacerdote que lleva ya 12 años de ministerio, que tiene la fortuna de ser párroco de tres pueblos, cura rural. 12 años, madre mía y ellos, pues como la media de los sacerdotes de 60 pa arriba, la mayoría y ahí están trabajando, rezando. Y yo, con D. Rafael, el vicario que fue de mi madre y el franciscano al que veía pasar en la entrada solemne el día de la Virgen de Oreto. Gracias Señor, porque hoy más que nunca te doy gracias porque he vivido lo que siempre he soñado, estoy viviendo el sueño de aquel niño y adolescente que ahora ve hecho realidad.
Te dejo, ya son las 19:33.