viernes, 23 de noviembre de 2007

el amor

Amigo oyente:
Una vez, había un hombre que vivía en una apartada casita, junto al río. Era un solitario que había emprendido la larga y ardua tarea de pasar un año en el desierto con el fin de encontrarse cara a cara con el amor, meditando sobre él, leyendo los libros que encontraba y hablaban del amor, soñando con él, escribiendo poesías entorno a aquella virtud que consideraba la madre de todas las virtudes.
Un día recibió una carta, llegó en manos de un ángel, vestido con una túnica blanca y radiante de luz. Aquel varón le entregó el documento, solamente decía: esta tarde el amor visitará tu casa.
El hombre se alborozó, por fín la luz entraba por las pequeñas ventanas de su hogar, podría hablar largo tiempo, escucharle, contemplarle. Comenzó a imaginarlo: será un rey que viste elegantemente o mejor aún, una princesa con una diadema en la cabeza, alta, rubia, de ojos azules y penetrantes, labios seductores, manos de terciopelo y dulce hablar. ¡Qué hermosa debe de ser!
Arregló la habitación, la perfumó con las mejores rosas del jardín, preparó la mesa y mató el ternero con el que cocinó un guisado, los frutos más maduros y sabrosos del huerto los depositó en la mesa.
Al mediodía unos golpes sonaron en la puerta, ¿quién será?, se preguntó. ¿Será el amor que llega por fin, adelantándose a la hora prevista?
Sí, era una anciana vieja, con la cara arrugada, sin dientes, encorvada y arapienta, su olor inundó la casa de heror, mientras llamaba profiriendo palabras malsonantes.
Aquel hombre la despidió con palabras más necias que las que había dicho la anciana.
Al anochecer el amor envió al mensajero con una carta: te he visitado y no me has recibido.
El ermitaño se asustó, creyó que se burlaba de él. No, no se burlaba el amor había visitado su hogar, en una anciana, el amor había querido entrar en su interior y mostrarle su verdadero rostro. ¿Cuál? Me dirás amigo oyente, muy sencillo. Servicio y aceptación del otro. Ese era el amor, el dar a aquel que no se lo merece sin esperar nada, sencillamente por amor.