viernes, 23 de noviembre de 2007

Ej.2002: 3-2

Querido Dios:
De nuevo nos insiste en la nostalgia del Evangelio, en ese alegrarnos del Dios que hemos conocido en Jesús y que muchas veces no llega a cautivarnos del todo o no entendemos. Eres tú, el que tomas conciencia de la filiación divina con toda tu historicidad y existencialidad, el que descubre que Dios es Abbá y nos habla de un Dios misericordia que ama al hijo perdido y al hijo cumplidor, un Dios cuyo rostro estamos llamados a representar en nuestra sociedad mostrando la compasión que tiene. Y aquí, querido Jesús, está el reto de la Iglesia del siglo XXI, por aquí hemos de entrar a este hombre divorciado, a esa mujer trabajadora, a ese joven que vive a su aire y a ese niño que cada vez sabe menos y es mas maleducado. Por ahí es por donde entraron los santos, siendo cauces de tu misericordia. Frente a las tentaciones de poder y soluciones rápidas como las del desierto tú nos propones la misericordia. Tú eres el absoluto, como ha insistido, no lo es nuestro centro junior ni nuestra pastoral de confirmación, ni el sacerdocio ni la parroquia, lo eres Tú. Tú eres el pan del cielo. Por eso nos ha hablado de la comensalidad abierta, la gran convocatoria a los pecadores y publicanos. Una Iglesia de pecadores que acoge a los pecadores y come con ellos, que sufre el pecado del mundo y se siente en lo más profundo de su ser el propio pecado. Quizás los escándalos que están habiendo en tu Iglesia sirvan para ello, seguro que podemos aprender de Gestcartera y de los curas que han abusado de menores, sentirnos parte de ellos, pecadores como ellos y sentir que en definitiva nuestra Iglesia no es un manantial de virtud ni somos una casta de puros e inmaculados. ¡Qué bonitas las palabras de Teresa de Liseaux! Ella que nos habla del caminito de la confianza en Dios sufre en los últimos meses la experiencia de pecado, sufre el que hay en su país personas que no sólo no pueden amarte sino que además tratan de destruirte y ella lejos de condenarlos lo que hace es experimentar la densa tiniebla, la noche en su mayor profundidad para acabar pidiéndo sentarse a comer en la mesa de los pecadores mientras exclama: “lo que no quieras para los pecadores no lo quieras para mí”. Como tantas veces nos han insistido no somos mejores que el mundo, somos hijos de este tiempo y por tanto en nosotros está de un modo o de otro esos pecados que enturbian nuestra sociedad. Hoy querido Dios te doy gracias porque veo que mi mentalidad no está lejos de la tuya, hay que amar al mundo y no distanciarse de él, querer comer con los pecadores como tú hiciste en la cruz, porque aquel mediodía te sentaste a comer con los ladrones y a la tarde cenaste con ellos.