viernes, 23 de noviembre de 2007

Ej.2002: ultima meditación

Y última meditación:
Querido Dios:
Los ejercicios concluyen con la misión cristiana, pues la vida del cristiano es recibir para dar, acoger el don de tu amor para transmitirlo a los demás. Sin embargo la misión se ha entendido como un hacer cosas, un poner los medios por encima de ti mismo, Señor. Se trata de evangelizar, de buscar estrategias que hagan posible la presencia de tu Evangelio en medio de los hombres. Frente a esta actitud José Vidal nos ha propuesto otra, que da más serenidad y es capaz de enfrentarse con los fracasos del presente, impidiéndo el desánimo, la tristeza y la amargura en la que tantas veces hemos caído los sacerdotes y los agentes de pastoral. Se trata de vivir la vida como una ofrenda. Frente al reinstaurar el Reino de Dios y reconquistar los ambientes perdidos por la Iglesia de la Acción Católica, frente al insertarse en el corazón de la sociedad perdiéndose en ella de la Misión de París y los curas obreros; y frente a la nueva evangelización de los movimientos laicales sencillamente vivir desde ti, lo importante es vivir la vida como una consagración total a ti. Y eso nos lo ha personificado en un gran hombre, Carlos de Foucauld. Él no se sirve de estrategias, sencillamente, como siglos atrás hizo Francisco de Asís, trata de vivir con radicalidad el Evangelio y deja que Tú le conduzcas. Por eso su forma de vivir es paradójica: él es monje sin monasterio, maestro sin discípulos y penitente sin lograr ver los logros de su vida. Él es evangelio vivido. Toda su vida es una disposición a tu voluntad, por eso tras la conversión entra como monje trapense, diez años después marcha a Nazaret y de allí, reconociendo que Nazaret no es un lugar físico sino una forma de vida, al Sahara. Carlos vive el silencio de los contemplativos y la palabra de los misioneros y todo ello desde el ejemplo de vida y la bondad que se nutre de la experiencia de Dios.
Por eso al llegar al final de estos ejercicios encuentro la luz buscada en aquel hombre que nos presentó el primer día y que constituye la falsilla de los ejercicios de este año: mi vida sacerdotal va a nacer desde la experiencia de Dios como absoluto para entregarme a mis hermanos, los hombres y mujeres que me rodean, siguiendo a Jesucristo y viviendo el Evangelio, mediante la eucaristía, la fuente de entrega absoluta a los demás, donde se realiza del modo más único, sublime, singular, mi ser sacerdotal, mi vocación, mi unión íntima y profunda contigo, haciendo presente tu abrazo lleno de ternura y amor a mis hermanos y la fraternidad vivida como servicio a aquellos que me necesitan, mostrando la ternura y amabilidad de quien es mi absoluto, Dios, que me llevará a tomar la actitud del siervo que no busca protagonismos sino servir y ocupar el último lugar, el de la cruz.
Fdo. José Andrés Boix.